Licenciado

24 06 2008

Al fin, cinco años después de pisar por primera vez el edificio de Filologías de la universidad,he acabado la carrera y he salido por la puerta con una sonrisa que demuestra mi conformidad y reflejaba el enorme peso que me quitado de encima esta misma mañana del 24 de junio de 2008.

He acabado con un sabor agridulce, aunque el último regustillo que me ha quedado ha sido realmente dulce.

La parte más agria o menos agradable ha sido comporobar que he acabado la carrera con menos colegas que cuando empecé, y también he aprendido a no confiar en tod@s aquell@s que dicen querer ayudar. Por otra parte, ahora que lo pienso con más calma, tampoco es tan malo; es como un buen solo de guitarra, que a mi me gustan con sentimiento y calidad pero no me terminan de convencer los solos de “ametralladora” con 100.000 notas por segundo que no dicen nada en definitiva.

Ese parecer agridulce ya no es tanto, la verdad.

A pesar de todo, el mejor recuerdo que me voy a llevar son las palabras de uno de lo mejores – si no ha sido el mejor- profesores que he tenido en toda mi vida. Hacía tiempo que nadie me dedicaba semejante piropo -a excepción de mi Princesa, por supuesto-. Entro en su despacho al filo de un infarto, un ataque de nervios y de una taquicardia, pensando que iba a suspender y tendría que pasar el verano en compañía de un buen diccionario y una gramática de la lengua inglesa.

Cinco minutos después de que, llamémosle Mr. J, hubiera encontrado mi examen camuflado entre varias montañas de papeles -hay que añadir también aquí una buena dosis de nervios que se transforman en abundantes gotas de un sudor frío como el hielo corriendo por mi frente- lo mira con un semblante serio, capaz de arrinconar al mismísimo John McClane, y me dice con tranquilidad, mirándome a los ojos con mi examen en sus manos: Ni siquiera me ha hecho falta mirarlo para saber que nota te iba a poner.

Mientras yo seguía al borde de un infarto, no sabía si pensar que me estaba hipotecando el verano o si me iba a dar un notición. Me ha empezado a explicar que ha disfrutado mucho de mi presencia en sus clases -no sólo por mi belleza- sobretodo de mi escritura, y no precisamente por estética, sino por calidad.

TALENTO, esa es la palabra que ha utilizado.  Han valido la pena 5 años de estudios para escuchar esa palabra saliendo por los labios de uno de los profesores que se ha ganado mi respeto per saecula saeculorum.

Con el título en el zurrón, no siento ninguna envidia de todas aquellas afortunadamente excompañeras que disfrutan de un expediente sólo manchado por rumores y sospechas. Espero que las manchas solamente sean de eso, que aunque no es poco podría ser peor, y sino que le pregunten a la señorita Lewinsky.

Y para empezar a disfrutar de un verano como mandan los cánones, nada mejor que un temazo de este calibre, del que por cierto intentaré comentar proximamente.

 

Blaze of Glory – JBJ